Me gustan los cuentos, me parecen un excelente recurso para detonar la reflexión y el análisis, y siempre que tengo la oportunidad recurro a ellos para abrir o cerrar alguna actividad y por lo general incluyo la frase “los cuentos son para dormir a los niños y despertar a los adultos” (si no mal recuerdo la frase es de Jorge Bucay, a quien también le gusta utilizar el cuento como recurso no sólo didáctico sino terapéutico).

Por este gusto hacia los cuentos es que me sentí atraída a la serie “Once upon a time”, que en español titularon como “Érase una vez”, y que enlaza a través de sus capítulos varios cuentos de hadas, siendo una propuesta interesante en muchos sentidos, entre ellos el manejo de los personajes y sus historias, aquí cabe aclarar que no soy experta en series y mi opinión está lejos de ser una crítica especializada, pero me gustaría compartir la siguiente reflexión a partir de un capítulo que recién vi de nueva cuenta.

¿Recuerdan a los siete enanitos de la historia de Blanca Nieves? Bueno, pues en uno de los capítulos cuentan la historia de uno de ellos y de cómo hasta el nombre se cambió después de una triste experiencia. En la serie, Dreamy (soñador) se enamora de una aspirante a hada madrina y hacen planes en los que sueñan recorrer el mundo juntos, sin embargo el hecho de que uno sea un enanito y la otra un hada dificulta las cosas, para no hacer el cuento largo, a él lo convencen de que esa relación no puede ser y termina con ella, y en el momento que se ve que la amargura se está instalando en su roto corazón cambia su nombre por Grumpy (gruñón).

¿Cómo fue que un enanito soñador se transformó en gruñón?

¿Cuántas veces hemos dejado de lado nuestros sueños, ilusiones o proyectos y entonces (muchas veces de manera imperceptible al inicio) la amargura se instala en nuestro corazón y cambia nuestra actitud hacia la vida e incluso hacia los demás?

¿Cuántas veces nos hemos convencido que lo que soñamos es imposible y dejamos que el enojo, la decepción y el desencanto nos invadan?

¿Cuándo dejamos de ser soñadores para ser gruñones?

Cuando dejamos morir nuestros sueños corremos el riesgo de que aparezca nuestro lado gruñón, refunfuñón, quejoso, negativo y amargo que nos limita el disfrutar de la vida de manera más plena, ligera y con esperanza. Una actitud pesimista y agria puede ser un obstáculo para encarar de mejor forma los malos momentos, para encontrar soluciones creativas y oportunas ante los desafíos, y para establecer relaciones sanas.

Por ello, aunque la vida se torne difícil y nuestros sueños queden aplazados o definitivamente descartados es necesario estar muy atentos para detectar ese momento en el que podemos rompernos y transformarnos de soñadores a gruñones, con el propósito de hacer todo lo posible por no permitirlo.

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